Todo el daño que hago lo hago para bien.
Category: Mamarrachadas
¿Qué es este silencio? ¿Qué se te pasa por la cabeza? ¿Qué sientes cuando sabes perfectamente el número de horas para que alguien se vaya? Conoces la enfermedad, pero no tienes la cura.
Pasas los últimos momentos en la cama, a su lado, mirándole, viendo unos ojos llenos de tristeza. Te miran y no puedes descifrarlos, si supieras. Sus ojos, que nunca asegurarás cuando los volverás a ver. Quieres que se quede contigo siempre, que esté para ti, para cuidarte y cubrir tu necesidad. Es pura necesidad.
En esos momentos piensas, te pierdes en la nada y quieres que un filo te atraviese, le atraviese y nos deje de tanto sufrimiento. Que tu cuerpo tome el frío del filo y éste todo el calor que alberga tu cuerpo. Y duela, pero no tanto como te duele ahora el contar horas, minutos, segundos. Si de todas formas te ibas a ir.
El contexto es amargo y lo necesita.
Me levanto del sofá y estoy en la cocina. “¡Dale la mierda al niño!” le grito a mi mujer, y le señalo el niño, que ya no es un niño sino un señor mayor de unos ochenta y dos años vestido con su traje militar. Cuando me vuelvo hacia mi mujer para decirle lo puta que es ya no está.
Salgo de la cocina y voy por el pasillo, entro en mi habitación y estoy en el taller. “¡Dale la mierda al niño!” le grito a mi jefe, y le señalo al rumano que trabaja ilegalmente. Pero sigue siendo el mismo rumano. Mi jefe me entrega la caja de herramientas, pesa como un muerto en una fiambrera. Me acerco al rumano y le doy la caja de herramientas, él ahora es ella, Febrero, la chica del calendario, y me mira con una sartén en la mano y un pecho fuera. “Tú di lo que quieras, pero que puta eres…”
De la sala de espera a a rayos, la ida de pie, la vuelta en silla de ruedas y sin mi ropa. Me han dado una bata, dicen que hay algo extraño en las radiografías, que me quede un día en observación y mañana seguiremos.
No me dejan volver a casa, dicen que es como una mancha cerca del pulmón izquierdo, algo borroso entre todas aquellas lineas azuladas. Creo que será la bata.
Padre, no he tenido suerte en la vida. Siempre he sido débil y fácil de manipular, pero mira donde he llegado, ahora soy un hombre, no me culpes por lo que fui porque aquello no era yo. Se acabaron aquellos días en las afueras, no estar bajo techo durante días y todas aquellas heridas y morados.
Soy un hombre nuevo, ya no necesito ser bueno. Saqué mi vida adelante cuando tú no me dabas más que la espalda.
¿Qué pasará cuando te falte? No será la primera vez.